Hubo un momento en mi vida en que me di cuenta de algo que dolió más de lo que esperaba: nadie iba a venir a salvarme.
Por mucho tiempo esperé —sin darme cuenta— que las cosas cambiaran solas.
Esperé que alguien me entendiera sin que yo tuviera que hablar.
Esperé que la vida se acomodara mágicamente, como si una varita invisible pusiera todo en su lugar.
Pero no pasó.
Y al principio sentí rabia, tristeza, decepción.
Hasta que entendí que la realidad no es cruel, solo es honesta.
Y que si no iba a llegar nadie a salvarme, entonces tenía que aprender a salvarme yo.
Ahí empezó todo.
Aprendí a poner límites, a decir que no, a no conformarme con migajas.
Aprendí que mi valor no se mide por quién me elige, sino por cómo me elijo cada día.
Y que ser realista no significa dejar de soñar, sino soñar con los pies en la tierra.
Dejé de esperar un cuento y empecé a escribir mi historia.
A veces con lágrimas, a veces con risas, pero siempre desde la verdad.
Ser reina no es tenerlo todo bajo control, es tener el coraje de seguir caminando incluso cuando el castillo se derrumba un poco.
Y, créeme, eso vale mucho más que cualquier cuento de hadas.
Así que si estás leyendo esto y sientes que tu historia no se parece a lo que imaginabas…
no pasa nada.
Quizás no eres una princesa perdida.
Quizás solo estás recordando que ya eras una reina desde el principio. 👑
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